La Escribana del Reino
M. E. Valbuena
Arco de entrada. Foto Jesús Aguado
Ando rondando últimamente los lugares que fueron de mi infancia; el pueblo donde pasaba los veranos con mi abuela; donde aprendí a mirar las estrellas, a escuchar las campanas y los pájaros, a contemplar los colores de la tierra y el cielo, a sentir la brisa meciendo espigas; el lugar donde empecé a escribir y a escuchar historias.
Del lugar sólo queda eso: el sitio físico. Las personas que me acompañaban entonces se han ido y la casa –que yo creía inmensa e invencible- ha sido derruida.
Pero me basta cerrar los ojos para percibir por los otros sentidos aquello que la vista me niega. Puedo oler las virutas y el serrín del taller de la sierra de madera, la mezcla de fuego y hierro de la fragua y los guisos en el hornillo. Puedo percibir el tacto del adobe y la cal de las paredes. Y reconocer las voces de aquellos que me rodeaban. Puedo sentir las vibraciones en el ambiente, inalterables tras el tiempo transcurrido.
Y al dormir, cuando la mente anda sin control, he soñado con aquellos años, he vuelto a ver el sol escurriéndose por las ventanas de la galería, he comido lo que mi abuela preparaba, he entrado de nuevo en aquella panadería y en casa de la lechera. He jugado. He ido a hacer la compra. He bailado, he reído y he llorado.
Y he despertado.
No sé dónde se van los que dejan este mundo. Pero sé, por experiencia propia, que aquellos a los que quisimos están siempre en nuestra vida, a nuestro lado. Y permanecerán eternos, al menos, hasta que nosotros también nos vayamos.
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