La Escribana del Reino
M. E. Valbuena
Fotografía. Jesús Aguado
Con frecuencia recojo flores en el monte. Las agrupo en pequeños ramilletes y elaboro con ellas cestas decorativas de agradable olor. Por ello, en cada paseo campestre, acostumbro a mirar a mi alrededor en busca de flores.
A veces me encuentro una flor solitaria, rodeada de piedras y tierra, en medio de una senda. Y me hace gracia. Puede tratarse de una margarita, un brote de roble, una flor de manzanilla, un espliego… En cualquier caso, una sola.
Me recuerda a ese tipo de personas que siempre están en medio de todo, llamando la atención como pueden, porque es su forma de reconocerse y valorarse. Aislados del grupo porque se creen diferentes y huidizos de todo lo que suene a colectivo o público por temor a contaminarse. Van de únicos y especiales y, a veces, tan sólo consiguen que se les pise y se pase por encima de ellos. O se les evite. Triste, ¿no?
De hecho, yo no suelo arrancar esa flor solitaria para mis propósitos. Simplemente la miro y paso de largo. Allí se queda, en medio del camino. A pesar de llamar mi atención, no la elijo para la elaboración de mis cestas.
Así también esas personas “especiales” atraen, llaman la atención, pero acaban sin formar parte de ningún proyecto, porque en los proyectos –a pesar de la diversidad– todos son uno.
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