La normativa sobre prevención de riesgos laborales establece la necesidad de señalizar aquellos riesgos que se dan en el lugar del trabajo, para advertir de los mismos, obligar a determinados usos y proteger, de esa forma, a los trabajadores.
Seguro que, a estas alturas, todos conocemos señales de prohibición, señales de obligación, señales de advertencia y señales de evacuación, y sabemos lo que significa cada una de ellas.
Yo, que curso tras curso, estoy harta de explicar el significado de la señalización a mis alumnos, siempre pienso lo mismo: ¿Por qué nadie nos enseña, en algún momento de nuestras vidas –fundamentalmente en los primeros años– a señalizar nuestras emociones y nuestros límites personales?
Sería estupendo saber usar y saber leer señales como: “advertencia, peligro de derrumbe emocional” o “prohibida la entrada a toda persona ajena a la felicidad” o “uso obligatorio de casco y guantes para soportar reparaciones del corazón” o “salida de evacuación hacia la ternura y el cariño” o “uso obligatorio de abrazos” o “prohibido hablar sin escuchar”… Y así podríamos seguir.
Pero, claro, nunca nos han enseñado semejantes señales. Nosotros solitos hemos tenido que ir descubriéndolas a costa de observar y experimentar. Y, con el tiempo, hasta nos hemos hecho expertos en el uso y lectura de las mismas.
Estaría bien que, en estos tiempos electorales, algún partido prometiera enseñar a aprender el lenguaje emocional, pero me temo que no va a ser así, por dos motivos. El primero, porque no iba a arañar ningún voto. El segundo, porque, probablemente, ni se sepa lo que es la inteligencia emocional ni se quiera saber de ella.

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