La Escribana del Reino
M. E. Valbuena
"En brazos". Escultura de Javi Robles.
Hace años que perdí a mi madre pero lo que ella me enseñó permanece y permanecerá en mí, ya que las madres somos modelos –a seguir o a contradecir– para los hijos.
Mi madre me enseñó el valor del trabajo, de la responsabilidad, de la honradez y de la honestidad. Me enseñó a vivir de acuerdo a las posibilidades económicas y a no ambicionar por encima de ellas. Me enseñó a disfrutar de lo que se tiene y a considerar el dinero como un medio para alcanzar otros, no como un fin en sí mismo.
Tal vez no fuera muy inteligente ni tuviera mucha cultura, pero aprovechó la que tenía y, al menos, no “se hacía la rubia” y se enteraba de lo que entraba y salía de casa.
No me organizó nunca fiestas espectaculares de cumpleaños ni me regaló fantásticos viajes al extranjero. Tampoco me creó la necesidad de ello. Me dio todo lo que podía darme desde sus posibilidades.
Mi madre me enseñó a compartir y a pensar en los que tenían menos cosas que nosotros. Me enseñó también a dar gracias.
Me dio libertad para elegir por mí misma; aunque mis decisiones no le gustaran en muchas ocasiones; aunque no entendiera por qué mi camino no era el suyo.
No fue una mujer valiente ni fuerte, pero tampoco lo ocultó. Mostraba sus carencias y buscaba los medios necesarios para cubrirlas. No aparentaba ser lo que no era.
Hoy que celebramos el día de la madre –en el que la mía cumpliría 87 años– no me salen más que palabras de agradecimiento a lo que fue y a lo que me enseñó a ser.
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