Lo sutil es bello, Jesús Aguado
Tengo en casa un montón de trastos que he ido acumulando a lo largo de varios años de celebración del día de la madre. Algunos están ya deteriorados, inservibles, y otros lo estuvieron siempre. Pero me niego a desprenderme de ellos. Y lo digo yo, que tanto hablo de desapego.
Cada uno de esos “trastos” no me habla de su valor, obviamente. Me habla de quien lo pensó, lo compró, lo diseñó, lo decoró o lo envolvió para mí.
Me hablan de ilusión en los ojos de mis hijas mientras esperaban expectantes a ver cuál era mi reacción. Me hablan del empeño que ponían en acertar. Me hablan del tiempo que dedicaban a buscarlo o a fabricarlo. Me hablan de la forma tan bonita que tenían de personalizarlos, con poemas o dibujos. Me hablan de momentos felices compartidos. Me hablan de amor.
Cuando los miro me lleno de ternura y de agradecimiento por los buenos ratos vividos, por sentirme querida, por tantos detalles que me han hecho feliz todos estos años.
Y, como siempre que llega este día, pienso que tan sólo soy una parte más de ese cordón me dio mi madre y antes mi abuela. Ellas me enseñaron a vivir así. Como yo he enseñado a vivir a mis hijas. Las madres somos eslabones fundamentales en la cadena de transmisión de valores. No sólo damos la vida. Enseñamos a vivirla.
Hoy, todas las madres y las que –sin serlo– ejercen como tales, deberíamos tener una flor en casa. Una simple flor, para recordarnos la sutileza del valor de lo efímero y la grandeza de lo aparentemente insignificante.
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