El que da, no debe volver a acordarse;
pero el que recibe nunca debe olvidar
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jueves, 5 de octubre de 2017

Nuestro recuerdo a Ricardo Cantalapiedra

La redacción del Blog

Hace unos días falleció en Madrid el poeta, artista y cantautor leonés RICARDO CANTALAPIEDRA.

Cantalapiedra marcó un hito en este país cuando la democracia era una quimera. Igual cantaba en una misa parroquial que en una asamblea del Partido comunista.

Se manifestaba como una persona libre, libre, siempre libre.

Sus canciones abrieron brecha a la solidaridad y a la ternura, en una época dificil y oscura.

Quien esto escribe siente una pasión singular por este ser humano y sus obras de arte y de bondad.

"Un día por las montañas amaneció un peregrino..."

Hoy ese peregrino encontró la posada anhelada y su voz será nuestra voz y su alma nuestra alma.

Gracias, amigo!!!!!!

Si quieres saber algo más de este hombre pincha aquí

miércoles, 4 de octubre de 2017

Sobre las relaciones interpersonales

Enrique Martínez Lozano
Psicoterapeuta

Las relaciones interpersonales, en todos sus niveles –de vecindad, de parentesco, de amistad, de pareja–, pueden ser fuente de gozo o bien constituir un campo minado de dificultades.

Un elemento fundamental que genera sufrimiento en las relaciones es el “guion” con el que el ego se maneja. Según él, los otros están ahí para complacerme. En consecuencia, resulta inevitable que, cada vez que tal expectativa no se cumple, aparezca la frustración y, con ella, el enfado, la ira o el abatimiento.

Solo podremos salir del sufrimiento abandonando aquella expectativa o creencia errónea, gracias a la comprensión, la cual nos ofrece dos claves decisivas en toda esta cuestión:

Los otros no están para complacerme, sino para ayudarme a aprender.

Los otros –como yo– hacen siempre lo mejor que saben y pueden, por lo que carece de sentido la culpabilización.

¿Qué es lo que necesito aprender a partir de lo vivido en las relaciones?

Tal vez, tres cuestiones básicas:

  1. Conocerme y aceptarme tal como soy, integrando la sombra que había reprimido, ocultado o negado. En las relaciones se me hace patente que todo aquello que me altera de los otros se encuentra en mí sin aceptar y, con frecuencia, sin ni siquiera conocerlo.
  2. Crecer en amor incondicional hacia mí. Todos mis enfados y frustraciones que nacen en el campo relacional son, en realidad, expresión de un grito que pide amor. Sin ser consciente de ello, estoy pidiendo a los otros el amor –aprecio, reconocimiento, comprensión…- que yo mismo soy incapaz de darme. El hecho de no recibir lo que espero puede constituir una oportunidad preciosa para desarrollar en mí aquel amor incondicional que reclamo de los otros y que, aun sin darme cuenta de ello, me hace vivir mendigando afecto.
  3. Crecer en comprensión de mi verdadera identidad. De un modo u otro, todo aprendizaje culmina en este, que me permite contestar adecuadamente a la pregunta primera: ¿quién soy yo? Porque no hallaré luz ni paz hasta que no halle, por experiencia propia, la respuesta adecuada: soy no-separado de los otros. Más allá de las formas diferentes –o “disfraces” en que se expresa– todos compartimos la misma y única identidad; la nuestra es una identidad compartida, Eso que sostiene todas las formas y que en todas se expresa.
martes, 3 de octubre de 2017

Un lugar de serenidad

Rosa Montero

Fotografía Jesús Aguado

Hay unos pececillos minúsculos que se dedican a comerse las piltrafas de carne podrida que los peces más grandes tienen dentro de la boca; porque al buscarse el alimento o pelearse, esos peces mayores se hacen heridas entre los dientes; y si no existieran esas criaturas ínfimas que les mordisquean y les limpian, las infecciones acabarían con ellos.

Para mantenerse pulcros y aseados, pues, cada cierto tiempo esos pescados gordos abren la cabeza y permiten que unos pescadillos que normalmente serían su aperitivo deambulen por el interior de sus fauces durante largo rato, arrancándoles pedacitos de carne y haciéndoles ver previsiblemente las estrellas. Pero el pez grande se aguanta y se comporta, y repite el ritual una vez al mes o cosa así sin dañar jamás al invitado.

Para mí, lo más asombroso de esta asombrosa historia radica en el acuerdo tácito para reconocerse en lo que son. Es decir, el bicho grande sabe que el pequeño no es un bocado nutritivo, sino su dentista. Y el pececillo estomatólogo es capaz de contrarrestar su pánico innato a ser devorado y de introducirse entre los colmillos de un depredador con la rara intuición de que no va a acabar convertido en merienda, sino que, por el contrario, va a poder merendar él tan ricamente de la paciente boca del monstruo caníbal.

Ese acuerdo, tan provechoso para ambos, se basa en el reconocimiento instantáneo del lugar del otro. Siempre me ha fascinado la cristalina y precisa claridad con que los animales se contemplan unos a otros. Tienen una percepción estable e inmediata de lo que el otro es para sus vidas, así como lo que ellos son para el contrario. Y así, las criaturas salvajes disciernen enseguida si lo que tienen enfrente es un depredador o una presa comestible, o la pareja para el apareamiento, o un rival territorial, o un compañero de caza, o el dentista que te va a mordisquear esa carne podridilla de los mofletes. Se miran y se miran mutuamente, y cada uno conoce el lugar respecto al otro. De esa sabiduría nacen las reglas del juego, el equilibro.

Los humanos también somos animales, cosa que olvidamos con excesiva frecuencia; pero somos unos animales tan inteligentes que nos hemos quedado medio tontos. Como especie tenemos unas características inciertas: hemos perdido la llave de la sabiduría instintiva, pero la urgencia de ese confuso instinto sigue creándonos conflictos con la razón. Todo esto se traduce, precisamente, en la pérdida del lugar propio. No sabemos quiénes somos, ni quiénes son los otros, ni cómo relacionarnos mutuamente. Nos corroe el desasosiego de ignorar cómo nos ven los demás y desde qué mirada. Imaginamos que somos unos y deseamos ser otros, y al final de tanta ensoñación, ya no podemos reconocernos. Hay una inquietud básica en el ser humano ante la propia identidad, una inquietud de encierro dentro de un cuerpo equivocado. Tal vez nos desconcierte seguir siendo animales y no saberlo.

A medida que envejezco voy valorando más y más el descubrimiento del propio lugar como medida de la madurez, como conquista fundamental de la sabiduría vital. Ese lugar no es un espacio público, es decir, no tiene que ver con el éxito social. Es un sitio interior, algo así como una ligereza en la asunción de todas las capas de lo que uno es, aquellas que sé nombrar y aquellas para las que no tengo ni tendré nunca palabras. Es ese espacio íntimo desde el que no necesito preguntarme quién soy, ni representarme para los demás. Un lugar de serenidad probablemente inalcanzable desde el que se deben de entender los secretos de la muerte y de la vida.

lunes, 2 de octubre de 2017

Estrategias para manipular


El reconocido y siempre crítico lingüista del MIT, Noam Chomsky, una de las voces más respetadas y consolidadas de la disidencia intelectual durante la última década, ha compilado una lista con las diez estrategias más comunes y efectivas que siguen las agendas “ocultas” para manipular al público a través de los medios de comunicación.
Históricamente los medios masivos han probado ser altamente eficientes para moldear la opinión general. Gracias a la parafernalia mediática y a la propaganda se han creado o destrozado movimientos sociales, justificado guerras, matizados crisis financieras, incentivado unas corrientes ideológicas sobre otras e incluso se da el fenómeno de los medios como productores de realidad dentro de la psique colectiva.
¿Pero cómo detectar las estrategias más comunes para entender estas herramientas psicosociales de las cuales, seguramente, somos partícipes? Por fortuna Chomsky se ha dado a la tarea de sintetizar y poner en evidencia estas prácticas, algunas más obvias y otras más sofisticadas, pero aparentemente todas igual de efectivas y, desde un cierto punto de vista, denigrantes. Incentivar la estupidez, promover el sentimiento de culpa, fomentar la distracción o construir problemáticas artificiales para luego, mágicamente, resolverlas, son sólo algunas de estas tácticas.
1- La estrategia de la distracción.
El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. “Mantener la atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a la granja con los otros animales (cita del texto Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.
2- Crear problemas, después ofrecer soluciones.
Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana o planear y ejecutar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.
3- La estrategia de la gradualidad.
Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. De esa manera condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (como el neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.
4- La estrategia de diferir
Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.
5- Dirigirse al público como criaturas de poca edad.
La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se pretenda engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. ¿Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad (ver Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.
6- Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión.
Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional y por ende al sentido crítico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones o inducir comportamientos.
7- Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad.
Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que el nivel de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposible de alcanzar para las clases inferiores" (ver Armas silenciosas para guerras tranquilas).
8- Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad.
Promover en el público la idea de que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto.
9- Reforzar la autoculpabilidad.
Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se autoinvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. ¡Y, sin acción, no hay revolución!
10- Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen.
En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídos y utilizados por las élites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el que los individuos tienen y ejercen sobre sí mismos.
domingo, 1 de octubre de 2017

Con amigos

El rincón del optimista
Juan


Estamos todos de acuerdo en que lo primero es la familia, aunque pueda sonar un poco a mafia, pero es verdad. La familia está siempre ahí apoyando, dando consejos, echándote un cable… siempre que sea una familia normal, estándar, porque ya sé que estáis pensando en alguno de la familia que deseáis que esté cuanto más alejado mejor y que el cable te lo echaría al cuello, si pudiera. No te centres en el garbanzo negro, que de esos hay en todos los cocidos. Si hablo hoy de la familia es para que decir que tan importante o más me parecen los amigos.
Desde bien joven, después de las obligaciones estudiantiles, laborales y familiares mi mente andaba siempre cavilando el modo de hacer quedadas con los amigos: los del pueblo, los del instituto y más tarde los de la Facultad; los del trabajo ya avanzando los años. Y puedo presumir de dárseme bastante bien la organización de ‘la peña’ para engrasar amistades. Creo que no se me da mal y eso que confieso que a veces tiene su desgaste el coordinar y poner de acuerdo a un buen número de personas, la mayoría con gustos y aficiones dispares.
Me parece que es muy sano conversar y visitar lugares nuevos con determinadas personas;  probar comidas y bebidas diferentes con otras; contemplar una puesta de sol, una exposición, un museo… en compañía de alguien con quien has brindado por la vida con una copa de vino, has visitado o te han visitado en la habitación de un hospital, la misma que has acompañado en un funeral tras la muerte de un ser querido.
Cuento esto hoy porque este último fin de semana he vivido un encuentro de amigos de esos que quedarán en la memoria durante semanas o años. No descarto que pueda recordarlo mientras viva. Por eso hoy me atrevo a dar este consejo de cara al otoño que ya está aquí y que amenaza con ponernos tristones. Si no hay nadie que se atreva, decídete tú a tomar la iniciativa y convoca una reunión de amigos. Hablarás, escucharás, aprenderás. Puede que sea una reunión que alguien recuerde durante toda su vida.
Asín sea.
sábado, 30 de septiembre de 2017

A ras del suelo

La Escribana del Reino
M. E. Valbuena


Llevo un tiempo a ras del suelo. Y no está mal. Es, incluso, necesario y, siempre, un punto de partida certero.
Pero necesito volar.
Necesito sobrevolar la realidad, tomar distancia, mirarla desde la objetividad que proporciona la lejanía, desprenderme de este enganche de pragmatismo que endurece las perspectivas y acota las intenciones.
Ciertamente es cansado el equilibrio entre ambos aspectos, ya que no se puede obviar la realidad –hay que conocerla, estudiarla y entenderla– pero es necesario apuntar a algo más allá, tentar lo imposible, avanzar en la incertidumbre, arriesgar…
Es necesario por uno mismo. Al menos, yo lo necesito. El posibilismo me limita demasiado y me entristece en la misma proporción. Apostar a lo seguro, también. Y no es que el riesgo me apasione (casi todo lo contrario) pero imaginar imposibles me ilusiona y hace más llevaderos los fracasos.
Sobrevolando me he caído y he llorado por la herida, pero he aprendido de ella, he experimentado sensaciones y sentimientos hasta entonces desconocidos y, siempre, siempre, he crecido.
Sin embargo, a ras del suelo, ando sobre seguro pero mi vista tiene poco alcance, mis sensaciones se apelmazan y mi alma amenaza con adormilarse. Hasta la sonrisa se desdibuja por falta de referencias.
No estoy hablando de tomar las cosas a la ligera, ni de una dejación de funciones, ni de falta de compromiso, ni de instalarse en “happylandia”. Nada de eso. Estoy animando a cambios de perspectivas a la hora de analizar, a dejarnos enamorar por lo nuevo, a aplicar el sentido del humor, a asumir compromisos liberadores (aunque suene a contradicción) y a mirar como miran los niños: con curiosidad y sin prejuicios.
viernes, 29 de septiembre de 2017

Para la guerra ¡nada!

La paz, esa aspiración que no llega a muchos lugares
Para la guerra, lo que esté de tu mano
Para la guerra nada
Escucha