El que da, no debe volver a acordarse;
pero el que recibe nunca debe olvidar
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jueves, 31 de enero de 2019

Conveniencia

El rincón del optimista
Juan


El otro día me contó mi amiga Maribel una pequeña historia que deseo compartir contigo, con vosotros/vosotras. Una mujer de mediana edad, soltera, contrae una grave enfermedad. Los médicos le dicen que morirá pronto, que su enfermedad no tiene curación, que no hay nada que hacer. Ella asume con resignación la situación que le plantea la vida, piensa simplemente que la muerte que a todos nos llega se le ha presentado antes de vivir lo suficiente. No luchará por sobrevivir, se da por vencida. Es cuando decide llamar a un buen amigo, también soltero, y le plantea matrimonio para que él pueda cobrar la pensión de viudedad. Su amigo inicialmente le dice que no, que eso es un fraude, que el matrimonio de conveniencia es ilegal, que el asunto le plantea un problema de conciencia. Ella insiste en que el sistema de la Seguridad Social no se va a ir a pique porque él cobre esa pensión, que es una forma de aprovechar unas cotizaciones que ella ha venido prestando en su vida laboral y que beneficiará a una persona cercana que lo necesita realmente. Él acaba aceptando, organizan una boda exprés por el juzgado, un par de testigos, una rúbrica y ya está. Al cabo de unos pocos meses ella muere y él comienza a cobrar la pensión de viudedad.
¡Esa es verdadera amistad y lo demás tonterías! Ahora el ‘viudo’ seguro que recuerda a su fugaz esposa cada vez que haga un pago con el dinero de la pensión que le ‘arregló’ en vida. También me hace meditar este hecho sobre el matrimonio como institución: unos papeles que bien por la iglesia ante un cura, por el juzgado ante un juez o en el Ayuntamiento ante un alcalde, te certifican que hay dos personas unidas en convivencia, un contrato con unos derechos y unas obligaciones, pero de sentimientos no se dice nada. Nada se firma sobre el amor, el cariño o el respeto. Se dice a todo que sí, que se consiente, se colocan unas alianzas en los dedos anulares, se firma y carretera y manta.
El sistema permite realizar estas ‘trampas’ veniales para beneficiarse de un dinero que de otra forma iría a la hucha general de las pensiones, esa hucha cada vez más menguada por culpa de una gestión deficiente, pero sobre todo porque cada vez trabaja menos gente para sostener a un mayor número de pensionistas, jubilados y enfermos. Conozco a mucha gente que se aprovecha de un sistema pervertido para cobrar una prestación sin que realmente la merezca o la necesite. Todos conocemos esas personas que viven del cuento gracias a los ‘agujeros’ legales de las ayudas públicas. No me cabe la menor duda de que este es un claro motivo por el que crecen los sentimientos de odio hacia un sector determinado de la población y por lo que prosperan los partidos políticos ultraconservadores. Llámame ingenuo o tonto, pero dame pan, porque si yo hubiera estado en una situación similar al de esta mujer hubiera hecho lo mismo que ella.
Asín sea.
martes, 29 de enero de 2019

Entrevista a Lujan Comas






“Entender que no existe la muerte cambia nuestra vida”.
Entrevista de Ima Sanchis a Luján Comas, licenciada en medicina, especializada en anestesiología y reanimación, en La Contra, de La Vanguardia, 2018.

69 años. Barcelonesa. Viuda, tengo tres hijos. Trabajé como médico adjunto en el hospital Vall d’Hebron 32 años y ahora lo hago en una consulta privada de medicina integrativa. Soy apolítica, pero creo que las mujeres pueden cambiar las cosas. En la vida todo tiene sentido, estamos aquí para evolucionar.

Amiga de la muerte
Ejerciendo su especialidad, anestesiología y reanimación, se preguntó qué pasa con la conciencia mientras nuestros parámetros vitales son una linea inexpresiva. Pero el empujón final para dedicarse a investigar sobre la muerte y las ECM (experiencias cercanas a la muerte) fue cuando a su marido le diagnosticaron una enfermedad terminal. Es cofundadora de la asociación sin ánimo de lucro Merry Human Life Society (Merrylife) para la evolución de la conciencia, y coautora del libro ¿Existe la muerte? junto a Anji Carmelo. Será ponente de una jornada sobre la continuidad de la consciencia más allá de la muerte que tendrá lugar el sábado 6 de octubre en la Facultad de Psicología de la Blanquerna y organiza Merrylife.
“Considero que la muerte es el momento más importante de la vida. Aquí se queda todo lo denso, te llevas tu conciencia”.

¿Cuál es su experiencia con la muerte?
Trabajé como médico adjunto en el hospital Vall d’Hebron durante 32 años, de ellos 18 como anestesióloga en cirugía cardiaca.
¿Muerte y reanimación han sido su pan de cada día?
He estado en contacto con la muerte desde dos vertientes. Una es personal: yo nací tras la muerte de una hermana, recuerdo ir al cementerio desde muy pequeña. También viví tres abortos tardíos de mi madre, la muerte de un hermano a los 26 años y la muerte de mi marido.
¿A qué edad enviudó?
A los 48 años. Fue entonces, con el diagnóstico de enfermedad terminal de mi marido, médico reumatólogo, cuando empecé a investigar la muerte y la posibilidad de un más allá para ayudarle en ese tránsito.
¿Y en lo profesional?
Debido a mi especialidad he reanimado muchos paros cardiacos y he asistido a operaciones muy graves. Fui parte del equipo del primer trasplante bipulmonar de España y el primer unipulmonar de Catalunya. Todo esto me acerca mucho a la muerte y hace que me haga muchas preguntas.
Hablemos de ellas.
Había un tipo de operaciones que hacíamos en cirugía cardiaca bajo hipotermia profunda. Casos en los que la aorta se rompe en la zona de la que salen las arterias que irrigan el cerebro. Para que el cirujano pudiera coser teníamos que parar la circulación sanguínea, el corazón y la respiración.
¿Y eso no es la muerte?
Sí, aparentemente la persona está muerta. Luego, a través del calentamiento, el oxígeno y los fármacos, su actividad vuelve a la vida. Yo no podía evitar preguntarme: ¿dónde está la conciencia mientras tanto? Si la conciencia está en el cerebro, cuando este no recibe oxígeno, ¿qué pasa con ella?
¿Qué entendió?
Que la conciencia no es un producto de nuestro cerebro sino que utiliza a nuestro cerebro. Dediqué mucho tiempo a investigar las ECM (experiencias cercanas a la muerte).
Ha colaborado usted con el cardiólogo holandés Pin Van Lommel.
Sí, que desde 1988 se ha dedicado a documentar casos incuestionables de ECM. En el 2001, en The Lancet, publicó un estudio clínico prospectivo con 344 pacientes en el que participaron diez hospitales holandeses.
¿Sobre vivencias de ECM?
Sí, pacientes que mueren clínicamente, es decir, que corazón y cerebro dejan de funcionar, y aun así pueden explicar sus percepciones sensoriales como si fueran un ser completo (las personas ciegas ven como si tuvieran vista, los sordos oyen…), y pueden sentir, recordar y pensar. Pero su cerebro no tiene rastro de actividad porque simplemente está “muerto”.
¿Y qué cuentan?
Las situaciones más comunes descritas son que han podido verse a sí mismos y lo que pasaba en aquel momento en su entorno; han revisado toda su vida en el pasado y también en el futuro y comprendido el sentido de su existencia. Han sentido una paz y un amor incondicional indescriptible.
¿Pese a que su cerebro está muerto?
Sí, por tanto esa consciencia que continúa durante este trance no se encuentra en el cerebro. Es una energía, y como energía no se crea ni se destruye, se transforma y perdura.
¿Se da algún cambio en esas personas?
La mayoría modifican su escala de valores, pierden el miedo a morir y afrontan la vida de una forma radicalmente diferente: empiezan a dedicarse a trabajos que dan sentido a sus vidas, de servicio y ayuda a los otros…
Hay médicos que afirman que esas experiencias son meras alucinaciones.
Sí, debidas a la falta de oxígeno que todos sufrimos en ese momento, pero no todos tenemos un ECM, tan solo un 20%. También dicen que son causadas por el exceso de anhídrido carbónico o por una epilepsia del lóbulo temporal, pero todas son rebatibles.
¿Cómo se lo explica usted?
En 1990, Stuart Hameroff, psicólogo en la Universidad de Arizona, y Roger Penrose, físico matemático en la de Oxford, propusieron que los microtúbulos, las unidades más pequeñas del citoesqueleto de las células, actúan como canales para la transferencia de información cuántica responsable de la consciencia.
¿Somos como aparatos de radio?
Exacto, y cuando morimos el contenido de los microtúbulos vuelve a esa conciencia cuántica y si te reaniman se puede recuperar.
¿Me está diciendo que en nosotros hay una conciencia universal?
Sí, y cuando mueres esa conciencia a la que se suman tus experiencias pasa a la conciencia cuántica, pero no se pierde la información.
¿Se trata de una conciencia que está continuamente aprendiendo?
Sí, continuamente, y que está conectada a todo. El mundo de las subpartículas de las que todo está hecho, están interconectados, usted, yo, los árboles, la mesa, todo el universo… Puede ser una explicación. Lo que está claro es que si entendiésemos que no existe la muerte, no tendríamos miedo y viviríamos de otra manera.
lunes, 28 de enero de 2019

Te hablo

Valentín Turrado

Te hablo del amor
que sana y cura,
no del odio que perdura.
Te hablo del amor
que arropa y mira,
no del rechazo que no mira.
Te hablo del amor
que empuja y alza,
no de la alegría que descalza.
Te hablo del amor
que cautiva y envuelve,
no de la rutina y desidia que revuelve.
Te hablo del amor
que vibra y siente,
no del deseo que miente.
Te hablo del amor
de piel y alma,
no de la codicia que no calma.
Te hablo del amor
que fortalece y sostiene,
no del temor que te mantiene.
Te hablo del amor
que canta, ríe y descansa,
no de aquello que cansa.
Te hablo del amor
sabio y desnudo,
no de la confianza que no hubo.
Te hablo del amor
que es libre,
no de aquello que lo hace horrible.
Te hablo del amor
que en cada gesto bendigo,
no de los apegos que maldigo.
Te hablo de ti.
De mí.
De todos.
Amor, solo amor.
Lo demás no me interesa.
domingo, 27 de enero de 2019

Ten paciencia...

Pax Vostrum
Beatriz


“Ten paciencia con todo lo que no está resuelto en tu corazón y trata de amar a las preguntas mismas”.
Rainer Maria Rilke

Seguramente tú que estás leyendo esto, eres alguien a quien le gusta observarse, a quien le gusta crecer, a quien le gusta mirar hacia dentro, descubrir, tener tomas de conciencia, hacer un trabajo interior para sanar todas aquellas heridas que año tras año se han ido acumulando…  Todo ello es genial y necesario para poder vivir en plenitud.
Pero a veces, nos perdemos en esa tarea y olvidamos lo importante. En ocasiones, a través de esta búsqueda lo único que hacemos es entretenernos y alejarnos de la sanación de verdad: el AMOR.
El sentimiento de que no estamos completos, de que no estamos enteros, de que no estamos bien del todo, de que tenemos que hacer algún curso más, sanar alguna herida más o de que tiene que pasar “algo” para estar plenamente felices es algo con lo que tenemos que “lidiar” a menudo.
Y el antídoto es el AMOR. Como dice Rilke, tratar de amar a las preguntas mismas. Trata de amar el proceso, el momento, las preguntas, las no respuestas, el camino…  
Amar simplemente, amar aquello que ES, poner el foco en nuestro corazón y dedicarnos a sentir y a experimentar este instante.
Sí, esa es la gran medicina que puede sanar cualquier herida: EL AMOR. Simplemente EL AMOR.
sábado, 26 de enero de 2019

En un lugar perdido

La Escribana del Reino
M. E. Valbuena

Una de estas mañanas frías y luminosas que el tiempo invernal nos regala, di un paseo hasta un rincón mágico, de esos que suele haber en muchos lugares. Rincones abiertos y visitados, pero íntimos, donde imperan el silencio y el respeto.

Allí me encontré, sobre una piedra, una caléndula y una pequeña vela que el aire no había conseguido extinguir. Ninguna presencia humana a la vista.

Desde entonces esta imagen me visita de forma recurrente y, cada vez, me conmueve.

¿Quién colocó ahí la flor y la vela? ¿Por qué motivo? ¿Sería una ofrenda? ¿Un recuerdo? ¿Un agradecimiento? ¿Qué había pasado allí para querer honrar ese sitio? Si me dejo llevar por mi imaginación las respuestas serían múltiples y variadas, pero nunca sabré la verdad del gesto.

Y ahí está su grandeza.

Independientemente de su significado real y del motivo por el que surgió, este pequeño detalle demuestra la sensibilidad de quien preparó el diminuto altar y el valor universal de la emoción provocada por los pequeños gestos de ternura.

Sin llegar a conocer el porqué o el para quién, me adhiero a este gesto, a esta comunicación sin palabras, que ha hecho bailar mi emoción y mis sentimientos, que conmueve, que cuestiona.

No hacen falta grandes obras ni majestuosos altares. Tampoco explosivos aspavientos de tristeza o exageradas muestras de alegría.  Ni siquiera ningún tipo de concentración. Bastan una humilde flor campestre y una pequeña vela para iluminar el día, sacarnos de nuestro raquítico reducto, y dejarnos con la boca y la emoción abiertas.